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Fran Echeve

                           Una Obra Maestra

 

El maestro Umbral decía que el columnismo es “el solo de violín del periodismo”. Todavía recuerdo la primera vez que los vi jugando, no me llamaron la atención por nada en especial pero yo era un imberbe que no diferenciaba lo bueno de lo mejor. Como les ocurre a muchos tantas veces.

 

Hace un tiempo me dijo que se iba, el otro lo hizo por clausula marital. Quería entregarme ese irse que es liberarse, como el preso que sale de la cárcel tras tantos años, igual que Morgan Freeman en ‘Cadena Perpetua’, con esa sonrisa que te da una conciencia tranquila y el espíritu diciéndote aquello de buen trabajo chico. Pero él sabe que es justo al revés. Le encantaría seguir pero el trabajo y los años a veces pesan más que las ganas. Alguien capaz de llegar tarde a la boda de su propio hermano porque se jugaba ese mismo sábado, una hora antes, el título de liga…de Autonómica. Su deporte, este fútbol sala que nos aflige, también le hizo campeón de Tercera y de 2ªB superando la treintena, devolviéndole los servicios prestados.

 

Cuando él estaba en el campo, el equipo misteriosamente jugaba mejor. Asistí a muchas tertulias en las que otros compañeros y rivales tenían más popularidad y prensa, pero sonreía guardándomelo, intentando que nadie descubriera la verdad. Porque la verdad era que goles hay y habrá siempre, pero jugadores de ballet clásico, no. Nunca entendí como sólo unos pocos éramos capaces de ver lo que significaba. 

 

Chus San Miguel me lo definió un día como ‘la esencia del fútbol sala’. El amago, el espacio y el pase. El resto son modernidades, luces y destellos, vanguardismos que pasarán de moda. De superproducciones está llena la cartelera, pero sólo los Clásicos pasan a la Historia, y no hay más historia que la memoria, el boca a boca, el ‘yo vi jugar a’ que pasa de generación en generación. Ese imborrable mandamiento que guarda un poco de mito y un casi todo de verdad porque contiene la verdadera sustancia de las cosas: la cruda esencia pero también su perfume.

 

Mi amigo nunca regateó, ni defendió, ni marcó un gol importante. Jamás. Pero en casi todos los regates, defensas o goles en los que participabas a su lado, él era el que había dibujado la jugada con una finta, un abrazo en forma de pase o con un consejo. Si le preguntaran sabría hasta la temperatura de la pelota. Capaz de hacer una obra de arte con él mismo dentro del cuadro, como Velázquez en ‘Las Meninas’, sin que el que lo recuerde sepa muy bien si él estaba dentro o fuera de la jugada. Aquellos pases de antaño en los que sólo oías el ‘tac’. Aquellos partidos en los que la fotografía del instante se fundía en blanco y negro. Los pases ahora, suenan distinto. Suenan a ruido. Aquello era una caricia al balón, al compañero y al deporte de barrio en general. Una sinfonía en un sólo toque. Mozart en el primer movimiento de la batuta.

 

Jacobo Hoyos ha pertenecido a esa clase de jugadores melancólicos y livianos que atesoraban todo el fútbol en la planta del pie, como Óscar Montalban… Gente capaz de levantar el suspiro de toda una grada con una pisada. Sin fuerza física, sin potencia, sin músculo y hasta sin genio, pero con un evangelio innegociable. Si un día obligaran a jugar sin balón, a reproducir sólo los gestos, él sería el único capaz. Se va en el tiempo que más falta hace, donde cada vez son más los jugadores que confunden la grandeza de su casillero de goles con su grandeza como futbolistas. Se va el último artesano del fútbol sala. Ha sido tan bueno que no ha necesitado ni marcarlos.

 

He vivido, jugado, llorado, me he lesionado, he discutido, he crecido, aprendido, sufrido traiciones, he ganado, pero sobre todo he disfrutado tanto a su lado que ni se despidió. El muy cabrón. Como si todo lo que me tenía que decir, ya me lo hubiera dicho a lo largo de estos diez años. Pase a pase. En clave morse, con ese tac, tac, tac imperturbable.  En cientos de vestuarios, con decenas de jugadores y con momentos para la historia. Como si bastase ya con eso.

 

El periódico debería de haber llevado una esquela aquel domingo porque no volver a verlo de corto será algo tan triste que sólo imaginármelo me dan ganas de sentarme a su lado en la grada.

 

Ahora que los dos se han ido puedo contárselo al mundo, un secreto que me he guardado durante muchísimos años y que he compartido con poquísimas personas: no he visto a nadie que dibujara el movimiento de la diagonal mejor que con su pareja de baile de siempre. Alfonso y Jacobo (ahora sólo directivos) tenían movimientos que una lista interminable de jugadores de Primera hubieran pagado sólo por imaginárselos. Y he compartido muchos ratos de balón con bastantes profesionales. Alfonso quedará para mí como el jugador más inteligente que jamás vi.

 

Jacobo ha sido el solo de violín con el que muchos cerrábamos los ojos, y éramos capaces de paladear un deporte en toda su intimidad. Seguramente cuando acabe estas líneas, suspiraré y no aguantaré alguna lágrima. No sé si por la tristeza de su retirada o por la alegría de haber sido tan feliz jugando a su lado.

 

Hasta siempre amigo.

Pobre trozo de madera

 

¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?

Que cegado por el miedo,
no escuchaba su música interior.
¿No merece el empeño de ser tallado?
¿No debe ser moldeado
y encontrar así su propia felicidad?

O debe pasar su vida apilado en un pilón,
esperando con sus compañeros ser quemado,
por el fuego del tiempo...

¿No es la vida ilusión?
¿No es la vida oportunidad?
O sólo la conformidad de muchos.
El desencanto de regirnos por los ejemplos
de lo ya vivido.

Pobre trozo de madera.
En triste día descubre que es un violín.
Ahora duda su suerte.
Se cuestiona su existencia.
Se exige un sueño.

El invierno se acerca.
El fuego lo espera.
Sino se decide, formará parte él.

¿Y si lo intenta y fracasa?
Nunca sonará bien.

Pero al menos podrá decir.
Que fue violín
Y no leño, de un fuego
Que no era eterno.

 

Lo escribió Arthur Rimbaud. Y me alegra saber dos cosas a partir de ahora: que jamás podrás decir que no has leído poesía, ni que nadie te dijo nunca que no podías mejorar.

 

No es literatura, ni un trozo de papel, es la banda sonora de una persona. Descubrir todo lo bueno que puede llegar a ser y a hacer en la vida. Es la lírica de todos nosotros. Sólo que en el prólogo del poema (y de la persona) siempre debe surgir ese alguien en forma de padre, madre, un amigo de verdad, quizás un profesor, un maestro o por qué no, un entrenador.

 

Esa persona capaz de hacer que nos dernos cuenta de que no somos un simple trozo de madera, que somos violines.

                                     Un pedacito de cielo

 

       El otro día, sin pretenderlo, tropecé en un periódico de Barcelona con algo que me esbozó una sonrisa. Con los mejores recuerdos ocurre como con aquellos vinos que tu padre traía a casa, se los enseñaba a tu madre, y se guardaban para otras visitas: mejor ni tocarlos.

 

       Los amigos de Sport titulaban, muchos años más tarde, casi igual que lo había hecho un servidor. La temática, exactamente la misma: un grupo de chavales que “no llegó”. Rezaba la noticia: “La generación perdida o cómo desaprovechar un equipo lleno de talento”

 

       El título de aquel artículo era “Degeneraciones Perdidas” y surgía tras ver esta foto. En ella aparece una tropa de muchachos con más talento para la vida que para el fútbol sala donde celebran un título que no se esperaban. Diez años más tarde puedo ser sincero: nadie era consciente de lo que significaba ganar lo que ganamos ni a quién lo hicimos. Fuimos como ese amigo del pueblo que te lo llevas al garito de moda entre los pijos de la city, y se acaba llevando a todas las chicas. Aquello fue exactamente eso. Algo que nadie se esperaba, algo que jamás debía haber sucedido.  

       Pasados cinco, seis o siete años desde 2004, no recuerdo, en un intento de desmitificar todo y reírnos hasta de nosotros mismos, que es la mejor manera de reírse de la vida, comentaba en dicho artículo los integrantes de aquel equipo y sus carreras deportivas:


-Edu Baguer: Jugó en el Colo-Colo (club aragonés de fútbol sala), ahora lo hace con los amigos.
-Alberto Antequera: Jugó en el Laak Sala 10, en Pinseque y en La Muela. Desde la Nacional B hasta la División de Plata. Retirado momentáneamente.

-Ignacio Alfaro. Cuando no peina sus patillas, lo que le cuesta unas 18 de las 24 horas del día, juega con sus amigos. Jugó en el Laak, La Puebla de Alfindén (fútbol), Pinseque y Ebrosala. También realiza labores solidarias de compañía y afecto a esas mujeres que se fijan en él los viernes y sábados por la noche.
-Galo San Miguel: Jugó en el Laak, en Pinseque y en Caspe. Desde Nacional B a División de Plata. En la actualidad tiene novia y es geólogo. Nada que ver por tanto con jugar a futbito.
-Manu: Jugó en el Colo. Hace dos o tres años que no lo veo. En div de Honor sospecho que no juega. Sigue enfadado conmigo por una patada que le pegué el 23 de Octubre, martes, del año de juveniles. Si le veo me tomaré una copa con él.
-Chema: No le veo desde hace 3 años. Nos perdimos la pista. Por no saber no sé ni donde jugó luego. Gran tío. Le vi un día por la noche y nos abrazamos como si nos fuéramos a morir al día siguiente. Íbamos borrachos.
-Carlos Jiménez: Jugó en el Laak, el Colo-Colo y Pinseque actualmente. En Nacional B y A. Me dejó su ordenador portátil en una concentración de la selección universitaria hace unos cuantos años y todavía le debo pasta por ello. Hace tiempo que no hablamos.
-Francho: Jugó en el Foticos juvenil, se fue al fútbol, hizo surf en el pacífico, jugó al golf, lo vi hace tres años, volvió al fútbol, tocó chufa y se fue, me cuentan que sigue en pachangas varias.
-Carlos San Miguel: Jugó en el Laak, en Pinseque y en La Muela. De Nacional B a Div de Plata. Es ingeniero y en sus ratos libres juega con el Ebrosala.
-Alejandro Alcázar: Jugó en el Laak y en todos los sitios donde le den una camiseta y un bocadillo: Tanga Boys, Juégatela, Selección Universitaria de Aragón, la Facultad de Derecho y JPC en la actualidad. “Tenemos mucha calidad para esto” me dijo el día anterior a la final del Campeonato de España en una tumbona de la piscina del hotel de las Rozas.

-Antonio García “Toño”: Jugó en Pinseque en sus ratos libres en Nacional B. De profesión, juerguista. Hizo labores humanitarias en la misma ONG que Ignacio Alfaro. En la actualidad es periodista deportivo. Un hermano.
-Fran Echeve: Jugó en el Laak, en Pinseque y en Ebrosala. En el Laak batió el record de jugador más gritado por su capitán Juan Carlos Ibañez. El que fuera su entrenador, Chus San Miguel, le auguró que comería del fútbol sala: limpiando zapatillas. Es el único que sigue pensando que el título de Campeón de España no existe, son los padres.

-Juan Molina: Jugó en Lobelle, ahora lo hace en Cartagena. Es el único que juega en División de Honor.

-Chus San Miguel: El entrenador y el padre de la criatura. Ganó y ni fue a por la medalla. Jugaba el Barça. Declaró: “esto es lo más grande que me ha pasado en la vida. Y ah, Cruyff siempre tenía razón”

 

      Choco, Charlie, Raúl Campos, Jesús Herrero, Pablo Pinto, Cacho, Gordillo…aquellos días pasaron por La Ciudad del Fútbol de Las Rozas los mejores jugadores de España. Te entraban tentaciones de si pedirle a más de uno la camiseta. Jugadores con unas capacidades infinitas. Era ver a hombres de Primera en cuerpos de chavales jóvenes, un deleite para los sentidos: controles inverosímiles, regates de planta, disparos a la escuadra, paradas en la línea…y todo a una velocidad de vértigo.

 

      Todo el mundo nos daba por eliminados el primer día: sin fama por España, sin títulos con la selección de Aragón, sin los gemelos… Recuerdo que por no llevar, no llevábamos ni polo de repuesto del club. Total, sólo lo íbamos a utilizar un día. Nos acabamos quedando alguno más porque aquella fiesta a la que habían invitado a esos chicos de provincias era como estar en la tele: éramos futbolistas por unos días y eso enganchaba. En cuanto empezaron a oler raro aquellos polos hubo que ponerse camisetas. La imagen en aquel hotel era de película de los Marx, parecía que íbamos a ver a nuestros hermanos a la concentración, y éramos los jugadores. Playas, Marfil Santa Coloma, Carnicer…nos miraban con cara de, ¿éstos quiénes son?. Ellos regresaban a casa y muchos de nosotros nos quedábamos en la barra del bar del hotel mirando la escena, incrédulos.

 

      De aquellos chicos que partieron de Zaragoza un jueves por la mañana nadie se sentía Campeón de España. Fue todo tan extraño, tan de película, como cuando te licencias. Mientras todo el mundo te da la enhorabuena tú pones cara de “¿y?”.

 

      Nos llamaron esa semana y nos dijeron que en el sorteo, Foticos se había librado del partido de Octavos de final, nos quedamos exentos y pasamos directamente a la siguiente ronda, jugaríamos un partido menos. No celebramos ese pase a cuartos, éramos gañanes, pero no tanto.

 

      En cuartos de final nos enfrentábamos a Gestesa Guadalajara. Es decir, llegaba el día D, de la eliminación más concretamente. En el calentamiento miré a la grada y había más personalidades que en los palcos del Bernabéu en tiempos de la dictadura. Recuerdo a Chavi Ladaga (el míster del primer equipo) y el grito que me pegó Alberto Antequera (nuestro pulmón) en la rueda de disparos “¡Vamos, Fran, vamos!”. Aquello era un manicomio, todo el mundo gritando para quitarse los nervios.  En un momento de regreso a la cola pasé al lado de Chus San Miguel (el míster) que miraba nuestra rueda de tiros y volví a tener un momento de intimidad que me acompañará siempre: “Chus, con los tiros que estamos haciendo ahora…goleamos. No ha ido todavía ni uno a puerta”.  Soltó una carcajada y me dijo “No te preocupes. Sólo dos cosas, cambiaros las zapatillas de pie y no dejéis nunca los estudios. Verás como va todo bien”. Ganamos 6-1. De aquel partido me quedan en el recuerdo: el primero de los goles, un córner que saqué al segundo palo y que Nacho Alfaro cazó a bote pronto a unos 13 metros de la portería. Esos proyectiles  en el calentamiento iban de vuelta a Zaragoza pero aquel balón le pasó al portero por encima de la cabeza. Ni reaccionó. Se oyó hasta el ruido del balón segándole la cabellera. Cuando Nacho volvía después a campo propio, sonaba en el pabellón un murmullo parecido a cuando sale Morante a torear (así era Nacho, un zurdo finísimo. Técnicamente, de las mejores zurdas que ha dado esta tierra). El segundo detalle fue un comentario, tras una de las paradas de la exhibición que aquella tarde dio Juan Molina, siendo atendido por uno de los árbitros, éste le soltó un “venga chaval, ánimo, que está el seleccionador español mirándote”. El último de los recuerdos es personal, marqué un gol…bueno, logré dos, pero de uno de ellos no recuerdo absolutamente nada.

 

      Las semifinales las jugamos contra el RAM de León, cuando entramos en el vestuario nuestras caras ya no eran las de aquellos niños. Sabíamos que íbamos a ganar. Y lo teníamos tan seguro que casi nos empatan en el último minuto. Nos pusimos ganando 4-1 y los tres chavales leoneses que con sólo un control te dejaban clavado comenzaron a jugar…Aguantamos, pero por nuestro culo no cabía ni el bigote de una gamba. Al final, 5-3 con dos goles de Carlitos San Miguel que no había ‘mojado’ hasta entonces y fue para meternos en la final.

 

      El domingo 13 de junio de 2004 saltamos acompañados de los jugadores de Móstoles, en fila, al pabellón de las Rozas a las 12 de la mañana. Ellos de azul marino y con la vitola de favoritísimos, nosotros de blanco y con la vitola de sparring. Cuando nos juntamos en las dos filas y nos quedamos mirándonos las caras como en las peleas de boxeo, se escaparon las risas de algunos de nosotros. “¡Venga a por ellos!”, “¡salimos fuertes desde el principio!”, “sin miedo”…y toda aquella retahíla de topicazos soltados en un túnel en el que nos separaba medio metro a las dos formaciones. De esas cosas que se hacen porque se ven en la tele. Comenzamos ganando, 1-0, Alberto marcó una jugada de banda, amagué y él improvisó…Sacó al punto de penalti, armé la pierna y cuando quise darme cuenta había tocado en el palo y se había ido para adentro. Nos empataron a 1, pero Carlitos San Miguel, como Galo que sólo jugaron semifinales y final, ponía el 2-1 y Antequera en un rechacé colocaba el 3-1. Al final, 6-1. La entrega de trofeos fue como ir a reconocer a un familiar muerto, no se quedaron en la grada ni los que entregaban las medallas. Todo el mundo daba por vencedor a Móstoles. Las caras de los federativos eran un poema. Y nosotros en el centro del campo cantando y gritando…solos. Después de llevar ‘la fiesta’ al vestuario, decidimos que era momento de ir al hotel. Allí sí, pudimos celebrarlo a lo grande: spaguettis, carne empanada y contessa. A la altura del Barça o el Madrid. Un desparrame.

 

      Todos sabemos que acabamos cambiándole el final a la película. Aquello no tocaba. La fiesta no nos la habían preparado a nosotros y no sólo nos autoinvitamos sino que acabamos con todo el alcohol. Pero la vida tiene estas cosas, hay veces que a los actores secundarios, los recompensan con Oscars también. De los que jugaron en otros equipos, solamente hace falta ver sus carreras. De los de Zaragoza sólo uno llegó a la élite: Juan Molina. Diez años más tarde, no me quedan fuerzas para entrar a valorar el eterno debate sobre si les dejaron o no. Esta historia es, a pesar de la consecución del campeonato, la de unos perdedores que resultaron ganadores. Quizás la de unos ganadores que acabaron siendo perdedores...tanto da.

 

       Queden en el recuerdo estas líneas como homenaje a aquella generación de gente extraordinaria. Ninguno de ellos fue jamás presumiendo después con una chapa de “Campeón de España” por ningún campo de fútbol sala. 

 

      Quizás sea muy tarde pero en su 10º aniversario quería que de lo que una vez hice parodia, se convirtiera en sentido reconocimiento a aquellos compañeros de fatigas. Un equipo de locos irrepetible, que jamás supo ni su techo ni la magnitud de lo que habían conseguido.

 Cuando fuimos los mejores

 

El título le reza a una canción de Loquillo que no es sino un grito al cielo, como ese alegato de Jorge Manrique a la muerte de su padre, que aun escrito siglo y medio antes, bien podría resumir El Quijote entero y por ende la historia de España: “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Un pensamiento en el que nuestros padres siempre creyeron pero que nuestros abuelos negaron una y otra vez.  

 

     Siempre que llega San Francisco Javier, allá por el 3 de diciembre, se me viene a la cabeza el recuerdo de un niño al que le empezaba a cambiar la voz, el cuerpo y hasta el gusto (a mejor) por las chicas. Aquel día de hace 14 años (2000), España fue campeona del Mundo por primera vez. Lo había sido en otras disciplinas deportivas pero la primera vez de verdad, era aquella. Javi Rodríguez marcó el 3-2 de doblepenalti y mandaba a Brasil a casa, y a España a la de todos.

 

     Lo guardo tan vivo todo, que si fuera el Pequeño Nicolás diría que era uno de ellos: del portero Jesús, menudo pero con unos reflejos felinos, el primer guardameta moderno de este deporte; de Julio, de Santi, de los “segovianos”: Adeva, Orol y Riquer; me acuerdo de un espigado Joan que venía de ser desde su descubrimiento en Caja Castilla La Mancha, apenas tres años antes, el delantero con más gol de Europa. Me acuerdo del que ponía la magia: Daniel, un brasileño que regateaba, chutaba, se desmarcaba y hasta corría, andando. Si él levantaba la cabeza, se acababa el partido. También recuerdo a los dos ojitos derechos del seleccionador Javier Lozano, Javi Sánchez y Javi Rodríguez, dos jugadores pletóricos que eran el color sangre de aquella camiseta que nadie llevaba mejor que él: Paulo Roberto. En mi memoria queda la herida de porqué el seleccionador no le sacó apenas. Como si dijera, no quiero abusar. La explicación se la dieron al periodista un jugador de aquella época, Paulo Roberto y el míster se llevaban medioregulartirandoamal. Años más tarde, charlando sobre esa especie de pesadilla de la infancia, me dieron algún detalle más: te costará encontrar a alguno de aquella selección que se llevara bien con Lozano

 

     El partido fue la final de las finales. Se juntó probablemente la mayor constelación de jugadores en un 40x20 de la historia. La recuerdo como cuando fui por primera vez al cine, salí tan impactado que no quise cerrar los ojos ni cuando me metí en la cama para que no se me olvidase nada de aquella pe-lí-cu-la: ‘Aladín’. Años más tarde, ya analizada, pierde la emoción pero quedas fascinado porque aquello fue la Gioconda del deporte chico.

 

     Le leí una vez al maestro Azorín que “vivir es volver”, y le reconozco en las palabras la emoción por el recuerdo de aquel diciembre guatemalteco de primeros del milenio. Después de entonces y del gol de Iniesta ya nada ha vuelto a ser lo mismo. La primera vez, aun siendo la más imperfecta, es la que se queda para siempre, salvo que lleves tantos litros de alcohol encima como Keith Richards, y entonces no recuerdes nada. Un servidor, aquel día, debía de ir con un aquarius en la mano y las Munich Gresca en los pies. No lo recuerdo con exactitud, pero en los días grandes, siempre calzaba aquellas zapatillas con la x rosa. Y aquel 3 de diciembre del año 2000 no se me borrará de la cabeza jamás.

 

     ¿Qué ha pasado desde entonces?

 

     En un frío día del invierno neoyorquino, en uno de los mejores restaurantes de la ciudad, dos comensales cuentan anécdotas y vivencias de sus carreras. Gary Kasparov, el campeón ruso de ajedrez sentencia:

 

-“Cuando gané mi segundo campeonato del mundo ya tuve claro quién me derrotaría…”

-“¿Ah si, quién? –le contesta con los ojos como platos Guardiola-.

-“El tiempo, Pep, el tiempo…”

 

                        “La Jaula”

 

“La jaula” es uno de los sitios donde más feliz he sido en mi vida. Lo recuerdo con admirable gozo. La jaula era como le llamábamos coloquialmente, aquellos jóvenes de mediados de los 90, a un sistema educativo que no tenía profesores. Tampoco subvenciones públicas, ni pupitres, ni siquiera hora de salida. Solo conocías la hora de entrada. “La jaula” era, y es, un campo de fútbol sala que hay al lado de mi casa. De cemento, del que agarra, tanto que si te caes te despellejas, está al aire libre y la rodea una valla de alambre de unos 3 metros de altura.

 

El otro día paseando me la crucé. Me quedé un rato mirándola y decidí a entrar. Hay lugares a los que regresas después de muchos años y te das cuenta de que están igual, que huelen igual que la última vez. Y justo en ese momento comprendes que probablemente el que  has cambiado has sido tú, que te has hecho demasiado mayor. Cerré los ojos.

 

Cuando la Macarena destrozaba la música de este país, mucha gente del barrio de Torrero acudíamos allí. El barrio de Torrero hubo un tiempo que tuvo cárcel, también una barriada de gitanos, yonquis picándose a las 12 de la mañana y fútbol sala. La frontera entre la civilización y el resto era mi bloque nuevo de casas y “la jaula”. Al lado, el Canal Imperial de Aragón hacía de Delgada Línea Roja.

 

“La Jaula” (foto) abría todo el año y no cobraba entrada. Se podía jugar a lo largo de todos los días de la semana. Si tú bajabas con unas zapatillas, siempre había gente. Y si eras el primero, solo tenías que hacer una cosa, esperar un rato. Ya aparecerá el resto. El punto culminante eran sin duda los fines de semana. Decenas de personas nos congregábamos. Íbamos acudiendo a lo largo de la tarde. Hasta diez equipos llegué a ver jugando ahí. Preguntabas quién era el último, como en la carnicería, y entrabas a jugar.  La visualización psicológica previa del partido, su preparación táctica, la familiarización del contexto de juego, el calentamiento con su fase de locomoción, su fase de relajación y todos los etcéteras posibles eran como hablar del sexo de los ángeles. Si mirabas a la grada papá y mamá no estaban con una cámara para sacarte fotos y saludarte cuando lo hacías bien. No estaban y menos mal. Había veces que la jaula se acababa convirtiendo en la jungla. Los equipos eran como era Torrero por aquel entonces y no el agradable barrio residencial que es ahora donde criar a tus hijos, más coloridos que una fiesta del Orgullo en Madrid: raperos, gitanos, negros, chicos mayores, algunos padres de familia con 18 años, vecinos de otros bloques, conocidos de vista y por supuesto una raza especial, los ‘chicos de barrio’, gente que era capaz de relacionarse con todos los anteriores a la vez y que lo mismo te conseguían una televisión, como te pedían las zapatillas, como les veías con una bicicleta nueva cada semana.

 

Las reglas las marcaba el propio campo de internamiento, si recibías un gol, te ibas fuera a esperar que te volviera a llegar el turno. Alrededor de la pista decenas de jugadores aguardaban para entrar y ganarte, pero mientras, te observaban para saber cómo conseguirlo si tú seguías en la pista. Años más tarde lo llaman scouting. El reconocimiento te lo daban los partidos, y la reputación el “este chaval es muy bueno”. Tú apuntabas todo aquello en una libreta que jamás he perdido. Cada día aprendías algo. Al principio costaba ganar porque eras nuevo y encima el más pequeño de todos. Poco a poco empezabas a ponerlo complicado y al final conseguías hacerte un hueco. Competir lo denominan los entrenadores actuales.

 

Todavía recuerdo los nombres de algunos de ellos, el que siempre me impresionó fue ‘Richy’. Era buenísimo y el que daba el turno de juego, uno de esos chicos de barrio de antes. La primera vez que jugamos me pegó un pelotazo en la cara que tuve que volver a encargar una nueva. No me rompió el tabique de milagro. Lección aprendida. Tras unos cuantos, y corriendo por aquella banda, vino desde el centro y me dio una patada que me levantó por los aires, y que nunca me han vuelto dar. Recuerdo que la primera vez que lo eliminamos pensé que había subido al Everest. Al final, hasta nos caímos bien. Hace más de 15 años que no lo veo.

 

Abro los ojos y me encuentro solo de nuevo. Mientras vuelvo a casa, echo de menos aquellos momentos de juego. Lo repetiré. De juego. J-U-G-A-R. Pienso cómo el deporte actual ha acabado profesionalizando hasta las categorías amateurs. Ahora, todo el mundo minimiza el error, maximiza la estrategia y automatiza el sistema táctico. ¿Crear un sistema de automatismos antes que pensar o (enseñar a) pensar antes de automatizarse? A veces echo de menos salir a un campo de fútbol sala a jugar con los automatismos que jugábamos en “La Jaula”. Pienso en cuántos movimientos he realizado en mi vida, cuántas jugadas ensayadas, cuántas salidas de presión, cuántos córners, faltas, bandas… cuántas modificaciones tácticas, cuántas correcciones. En aquella ‘universidad del fútbol sala’ solo te hacían una, písala con la planta. Ahora te enseñan hasta el ángulo de inclinación que tiene que tener el cuerpo cuando presionas. Todo sirve para mejorar, para competir y en definitiva para ganar. Pero ya no es lo mismo.

 

De aquellos años solo queda el recuerdo y una sensación indescifrable de disfrute. Un intangible que he sentido años más tarde  pero que nada ha tenido que ver con ganar o perder. He ganado partidos (los menos) en los que tan solo eras un robot. Sin embargo ha habido otros que perdiéndolos dejaban el mismo sabor de aquellos partidos en “la jaula”.

 

Ésta es quizás la peor noticia de hacerse mayor. Que todo pierde la magia, que nada es como antes y que por no haber no hay ni chicos jugando en la calle. Son los nuevos tiempos me explican. Y es que quizás no hayamos cambiado tanto, quizás solo lo hayan hecho los chicos de ahora.

                      Otra Vez

 

El otro día, después del calentamiento del partido frente a Tauste hubo que volver al túnel para saludar. Allí, los árbitros nos miraron a unos cuantos, con cara de sorpresa, y al verme uno de ellos, extendió la mano y me espetó un: “¡Hombre! Otra vez tú por aquí”.

 

El “tú por aquí” suponía muchas cosas: la primera de ellas, sorpresa; otra, una alegría liviana de ver una cara conocida; pero también un trasfondo (reconozcámoslo) que tiene que ver con las relaciones, en ocasiones tensas, que algunos hemos tenido en épocas pasadas con el gremio arbitral. Dicho esto, lo que más ilusión me hizo no fue eso, ni tampoco el “¡hombre!”, como si alguna vez hubiera dudado de mi sexo, lo más ilusionante y algo que he meditado después fue ese “otra vez”.

 

Porque el otra vez puesto en la boca de aquel árbitro significaba varias cosas: significaba un reconocimiento de que tras varios años volvíamos a jugar un partido con enjundia en Tercera (o Nacional B como se había llamado toda la vida de Dios), una especie de todavía seguís por este mundo y habéis vuelto, un dónde estabais y también un porqué lo habíamos hecho. En aquel otra vez se barruntaba un mensaje: si hace años habíamos podido disfrutar del cielo, ¿para qué volver a pedir cita en el infierno?

 

Probablemente tuviera razón, pero advertí dos matices en el color y el calor de aquel otra vez, en ese cómo, solamente perceptibles en el bis a bis personal. Uno significaba algo tan inexorable como el tiempo, o mejor dicho, el paso del mismo. Ese otra vez, tenía un toque, admitámoslo, a sois ya un poco viejos ¿no?, aunque desde hace años esté de moda decir aquello de veteranos. Ese término recogido de la disciplina militar y que en el fondo esconde un peterpanismo crónico. El segundo matiz tenía que ver mucho con la competición, en este caso hacia con nosotros. Si todavía valíamos para esto. Otra vez. Una especie de trasfondo en el que se advertía un los jóvenes han llegado y corren más, aguantan más con menos esfuerzo, son más fuertes y van más al gimnasio. En definitiva, una osadía, un órdago lanzado a algo tan bonito pero que respeta tan poco el pasado como es el deporte del fútbol sala. Un ligamento cruzado roto, un problema en el riñón, un tobillo partido por la mitad y dolores de espalda crónicos, unos músculos que no dejan ni dormir del cansancio. E incluso, en dos de los casos, una cadera que ha dicho basta y otros dos tobillos que no permiten más de un día de liviano deporte a la semana y que ya se han llevado por delante al futbolista que una vez, dos de ellos, fueron. Y todo eso con un condimento que le da un gusto definitivo a esa ensalada de realidades en forma de heridas de guerra: los años, el tiempo. El otra vez.

 

Ese otra vez y no otro era un aviso. Un hace tiempo que no estáis por aquí y habéis vuelto, un cuidado dónde os metéis. Una cueva de la que ya nos advertimos hace tiempo cuando empezó esta familia. Porque de tanto estar en el día a día no nos hemos dado cuenta de lo que la idea de aquel verano, ha llegado a ser. Aquel club que empezó siendo un germen en Autonómica tiene 6 equipos ya a sus espaldas, 70 chavales que piden todos los días fútbol sala, una especie de segunda familia donde abrigarse. Un vestuario que hace las veces de escuela de virtudes. Una banqueta y un deporte que transmite valores que ni el colegio, ni los padres, ni los deportes individuales alcanzan a lograr. Y que solo cuando has jugado a esto y tras muchos años, caes en la cuenta. ¿Cómo explicarle a tu madre, a la mía, lo que es llorar en un vestuario?, ¿cómo explicar lo que es darlo todo por el que tienes al lado aunque las piernas te duelan tanto que preferirías cortártelas?, ¿cómo hacerlo si nunca se han metido en una caseta?

 

Es un orgullo volver a estar en el candelero aunque sea con más dolores y sabiendo una cosa todavía más cruel: que tu tiempo fue otro. Lo sé cada vez que tengo que vendarme como un lisiado el astrágalo, ese hueso que une la tibia y el peroné con el pie. Lo sé cada vez que al pegarle a portería el tobillo te pincha y te dice, hasta ahí. Lo sabes cuando tus padres que sufren de hernia discal te tienen que dar la misma medicación para tu espalda. Es la crueldad del deporte y lo maravilloso de seguir en él, negándose a uno mismo. Pero de lo que más orgulloso te sientes no es de esto, es de ver cómo lo que un día te imaginaste comienza a crecer. Cómo ese árbol empieza a salir poco a poco, quizás no muy alto todavía, pero con un tronco y unas raíces profundísimas. Cómo te das cuenta de que aquel propósito de esto no me pasará nunca si alguna vez dirigimos algo, se hace realidad. Cómo evaluar los errores propios y tener la humildad para empezar de cero. Cómo saber que hasta de las personas que menos te imaginas la vida te da la oportunidad de aprender de ellas… para no hacer lo mismo. Cómo tener claro que pase lo que pase te miraremos a la cara. Cómo acostarse todos los días sabiendo que no le hemos vendido el alma a nadie. Cómo darte cuenta que la vida pasa y que enseñar es transmitir. Y que transmitir es dejarse un poquito de uno mismo en otro ser humano. Y que ese trocito de uno va con aquella persona a la que se lo transmitiste hasta el final de su vida. Y saber que si esa semilla es buena, habrá merecido la pena.

 

Decía el gran Chaplin que el tiempo es el mejor autor: siempre encuentra un final perfecto. Pues mientras tanto, solo podemos decir, que estamos de vuelta. Otra vez.

 

El cuarto de las botas

 

 Confieso que hacer un artículo sobre él es una debilidad y un regalo, pero también una especie de reto. El nombre de Bill Shankly es muy probable que no le suene de nada a casi todos los que lean este artículo, por eso de ahí el homenaje. Justo cuando me pongo a escribirlo se cumple el aniversario de su muerte, un 29 de septiembre de 1981.

 

Bill Shankly nació un poco antes de la I Guerra Mundial, en 1913, en un pueblecito minero de Glenbuck, en Escocia. En el seno de una familia de fuerte ideología socialista y siendo con él, 10 hijos. Todo condicionantes: el periodo de preguerra, los 9 hermanos, el pueblo minero y las necesidades en las que creció hicieron de él alguien con un carácter indómito. Tan fuerte que ningún preparador de fútbol en la historia llegará jamás a su altura. Ni Helenio Herrera, ni Bilardo, ni si quiera Boskov o Mourinho. El fútbol siempre fue para él una vía de escape ("Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso").

 

Fue futbolista profesional, muy bueno, pero le tocó sufrir una época, la de la II GM y todas sus consecuencias, en la que sobrevivir ya era un logro…diario. En este escenario shakesperiano se acabó su carrera.

 

Tras colgar las botas decidió hacerse entrenador y justo ahí comenzó la figura de aquel que sería imparable. Llegó a Liverpool en 1959, la ciudad de los Beatles, justo cuando McCartney, Lenon, Harrison y Ringo Star quedaban para formar la mítica banda. Por aquel entonces el ‘Pool se encontraba en Segunda división, con Anfield hecho trizas y la ciudad deportiva de Melwood dejada de la mano de Dios. Bill lo cambió todo: Esta ciudad tiene dos grandes equipos: el Liverpool y los suplentes del Liverpool”.

 

Shankly era el ejemplo de todo lo que hoy no es el fútbol. Era auténtico, nada en él era impostado, había pasado las miserias de la mayor guerra de la historia incluso en su juventud se dice que no se dio su primer baño hasta los 15 años, hacía y decía lo que quería. Tenía talento, intuición, carácter y un carisma que hizo cambiar incluso el uniforme del equipo. Apareció un día en el vestuario, le tiró un pantalón a un jugador y le dijo que se lo pusiera a ver cómo le quedaba “Jesús, Ronnie, estás imponente, aterrador. Parece que mides más de dos metros”. Y el Liverpool pasó a ser “los Red’s”.

 

La habitación en la que se almacenaban las botas de los jugadores, la vació y la convirtió en su ‘despacho’ (The Boots Room). Con su equipo técnico se quedaba hasta altas horas resolviendo los problemas tácticos del equipo acompañados por unas cuantas botellas de whisky. Hizo un Liverpool enorme con el que ganó cuatro ligas, varias copas y desterró aquel estilo británico de pelea por el asociativo.

 

Si a Shankly se le quejaba un jugador con problemas físicos le espetaba: Quítate esa mariconada de venda, y qué quieres decir con “tu” rodilla, ¡esa rodilla pertenece al Liverpool!”. Si un periodista le preguntaba en una rueda de prensa: “¿Qué alineación voy a sacar? No voy a revelar un secreto como ése al Milan. Si por mí fuera, procuraría que no se enterase ni de la hora del partido”. Si por el contrario tenía que recomendar pedagógicamente a un pupilo suyo, no dudaba: “Si estás en el área y no estás seguro de qué hacer con el balón, mételo en la portería y después discutiremos las opciones”.

 

De esa retranca y humor inglés que le brotaba por todos los poros dejó varias para su rival de siempre, el otro equipo de la ciudad, el Everton: “Cuando no tengo nada que hacer miro debajo de la clasificación para ver cómo va el Everton”, “el Everton juega tan mal que si jugara en el jardín de mi casa, cerraría las cortinas”. Pero hizo que aquel equipo vetusto y a punto de irse por el sumidero de la historia, acabara siendo un ejemplo en todos los aspectos,  fundamentalmente en el misticismo de su campo y en la sacralidad de The Kop (la grada y el nombre de la hinchada del ‘Pool). Él mandó colocar el letrero “This is Anfield” (Esto es Anfield) en las escaleras justo antes de salir al terreno de juego “para recordar a nuestros muchachos qué camiseta defienden y a nuestros adversarios contra quién juegan”.

 

Se retiró en 1974 para estar con su familia mientras a su hijo lo dejaba en lo más alto del fútbol inglés. Años más tarde su club, su hinchada y casi casi la historia, le colocó una estatua justo en la entrada del campo más mítico de toda Inglaterra, su casa. En él todavía se puede leer He made the people happy” (“Hizo a la gente feliz”). Para recordarnos a todos que la mejor manera de llegar a la gente, es siendo persona.

 

Agur Jaunak

 

Se marchó el tolosarra del R.Madrid como llegó, sin querer hacer mucho ruido, por sorpresa, pero creando, muy a su pesar, un profundísimo debate futbolístico. Del nivel de su incidencia e importancia en todos y cada uno de los equipos en los que ha jugado. De una inteligencia futbolística comparable a la de John Stockton en el baloncesto, Michael Phelps en la natación o Michael Jhonson en el atletismo, Xabi es de esos tipos que andan por la vida como pidiendo perdón por los buenos que son. Tanta que, como los genios, a él mismo le gusta rebajar la trascendencia de su presencia en el campo pero que como ellos, mirándose para adentro, sabe que gozan de algo diferente al compañero de al lado. Una barita mágica, el azar, los partidos en Zubieta, quizás muchas horas de futbol en la playa de Zurriola, nadie lo sabrá jamás.

 

Lo de mirar y levantar la ceja le pasaba ya en la Real Sociedad cuando veía a su lado a Aranburu, un mediocentro bregador aunque no exento de clase en la pierna izquierda, el capitán de aquel equipo txuriurdin que le disputó la Liga a los Galácticos.  Le pasó también cuando se fue a Inglaterra porque Benítez estuvo más rápido que el Madrid de Camacho, que siempre prefirió a Viera, un todocampista capaz de llegar a todos los balones, a todas las áreas, incluso a servir todos los cocktails de los que estaban en los palcos VIP, pero que seguramente vería los partidos del Liverpool del vasco con una libreta. Rafa Benítez colocó a su lado a un brasileño, que se llamaba como el cantante de Pereza y se parecía a un sueco pero que jugaba como un alemán: Lucas Leiva. De repente apareció Florentino Pérez, harto de tanto entrenador, y le dijo a Xabi “tú has nacido para jugar en el Real Madrid”. Nunca el presidente del Real Madrid atinó tanto en un elogió que a fuerza de repetido acabó perdiendo valor y que lo mismo valía para presentar a Ronaldo, Nazario, aquel que enmudecía el Camp Nou, a Zidane, o que a las dos semanas uno se acordaba del mismo cuando aparecían por aquel atril Gravesen o Pablo García. En el Madrid le ha tocado jugar solo, como más le gusta, como si en el círculo central fuera donde cogiera aire a bocanadas, como en la época de Pellegrini. Aunque rodeado de mitos como Guti por el que sentía predilección. El ángel rubio de Torrejón siempre dijo que era la mejor pareja de baile de toda su historia. Verles era como ver a dos enamorados, una mirada, un pase, y también un universo entero para aquellos que nunca manejaron sus códigos, sus silencios y su forma de entender el fútbol. También le tocó jugar acompañado, cuando le colocaron a otro que decían que era la perla del fútbol alemán. El de Tolosa que por aquellos años ya no tenía el pelo como si se lo hubieran cortado con una cazuela y empezaba a dejarse la barba pelirroja sin segar, fue dándole partido a partido clases durante 3 años. Tan bueno es Xabi Alonso que es capaz de convertir a un jugador como Khedira en alguien a quien el Bernabéu no pite. El alemán corría mientras una pelota le sobrevolaba la cabeza rumbo a un jugador que pisaba una línea de cal. En la disyuntiva, podía ser que se equivocara Xabi en el pase, casi nunca, o que lo hiciera el jugador abierto en banda, pero en ese trayecto nada le ocurría al alemán que se había borrado del inicio de la jugada de ataque y con ello, de todos los pitos del Bernabéu.

 

Xabi Alonso es el último gran cinco de la historia del fútbol, conocido como tal. Ha aparecido Busquets pero teniendo todo el partido en la cabeza, como Xabi, no alcanza a darle la salida del balón en largo, a la colocación del resto del equipo, el disparo de lejos, los pases en profundidad cada vez que se asoma al área y a una cosa que aprendió en Inglaterra con Benítez, el tackle, deslizarse a ras de césped para llevarse el balón. El Madrid ha fichado a Kroos pero siendo uno de los 3 o 4 mejores interiores del mundo, todavía no le ocurre lo mismo con ese puesto, clave en un equipo: el de medio centro. La joya alemana necesita meditar en compañía todavía. Ese puesto es el cerebro de un organismo que se mueve según se dicta desde la divisoria de los dos campos.  Y si no epilepsia.

 

Xabi Alonso es de esos jugadores que gusta a todos aunque no sea de tu equipo. Como le ocurría a las grandes del cine de los 60, que aunque no fueran las mujeres de nuestros abuelos, nada les podían decir las abuelas. Una mezcla de clase innata, misticismo, esa serenidad propia del que es de todos los sitios pero que no se siente de ninguno, finura y belleza que como acuñaron en Grecia, es la más alta de las virtudes puesto que no necesita explicación. Cualquiera, independientemente de su formación, puede admirar una puesta de sol, a Charlize Theron o un cambio de juego de Xabi. Esa forma de controlar con la pierna izquierda, desplegar los brazos y ver la colocación del cuerpo como si fuera la clave de sol del pentagrama es una foto de arte puro, el purismo. El pentagrama de una filarmónica que sonaba siempre como marcaba el violín del director.

 

Escucharle “ha terminado una etapa”, con su rictus impasible, se parece mucho a la despedida de los abuelos, cuando te aconsejaban en medio de la niñez “hijo mío, para cuando yo no esté…”. Y tú, con aquellos ojos abiertos como platos, no alcanzabas a imaginar el significado de aquella frase y por ende a imaginar un mundo sin tus abuelos. Ocurre lo mismo ahora, que cuesta imaginarse un R.Madrid sin Xabi Alonso. De hecho desde que se ha ido, todo es desierto, cal viva, el chirriar de dientes…

 

            Nagore, su mujer, quiere volver a San Sebastián con sus tres hijos a vivir para cuando se retire. De momento están en Baviera, un lugar perfecto para disfrutar del fútbol lejos del mundanal ruido del Bernabéu. A muchos en Chamartín la marcha les ha sonado a puñalada, a otros una cuestión del carácter de Xabi, siempre indescifrable, siempre como una canción de los Alabama Shakes, un extraordinario grupo de rock-blues con toques sureños de EEUU del que es fanático: una potente voz y sin embargo unos acordes que invitan a la melancolía. Xabi Alonso se ha marchado con su dirección, sus libros y sus botas colgadas por los cordones al cuello a Munich. En un mundo controlado por la potencia y el músculo, entendió que donde más rápido se jugaba era en su cabeza, en un mundo donde muchos futbolistas lo superaban en talento pero que sin embargo no sabían jugar a algo tan difícil, ni quizás quisieran aprender. Entre todos ellos aparecía siempre un delgaducho ermitaño que no jugaba rápido sino lento, y que  cambiando las velocidades era capaz de manejarlos a todos.

 

Donde unos entienden este deporte como una guerra, él se lo imaginó siempre como una orquesta sinfónica que sonaba a su compás. Dibujando pases con su batuta. De esos pases en los que eres capaz de escuchar hasta el sonido del balón mientras acaricia el césped. Ahora el Bernabéu, tocará en silencio.

 

 

"Torpedo" Muller, goleador alemán.

Bundescrak

 

Me tomaré la licencia de retroceder algo en el tiempo y pararme en un hecho. Alemania campeona del Mundo por cuarta vez en su historia, tretracampeona. Finalista en otras 4 ocasiones más. Su peor resultado en un Mundial desde el año 1954 (en el 1950 no le dejaron participar por la II GM) han sido unos cuartos de final. Unos cuartos de final. Hasta hace nada, esa era precisamente la clasificación habitual de España.

 

En zona mixta, el lugar habilitado en los eventos deportivos para que futbolistas y periodistas se vean las caras, Schweinsteiger sonríe ante las preguntas amables. Aparece su compañero Müller, uno de los candidatos al Balón de Oro del torneo y una periodista le pregunta sobre su casi bota de oro. Se había quedado a un gol de ser el máximo goleador de un Mundial.

 

Müller atiende sin interrumpir aunque en el gesto se le advierte impaciencia por contestar, los ojos los tiene ensangrentados en felicidad, había ido simplemente a bacilar. En cuanto la pregunta se acaba, las palabras se le salen por la boca, borracho de alegría: “Somos campeones del Mundo, la mierda de la Bota de Oro que se la metan donde les quepa…” -contesta-, mientras se larga riéndose y despertando las carcajadas del personal incluido su compañero de selección.

 

Nadie le dio más importancia, quedó como una gracia. Algo más dentro del festejo de un Mundial. La declaración, por el contrario refleja el fondo aunque la forma carezca de la profundidad necesaria o habitual. Müller en el escenario más sagrado del fútbol, Maracana, con todos los ojos puestos allí, contestaba que le importaba literalmente “una mierda” no haber logrado el trofeo. A la FIFA, muchos periodistas y algún compañero de profesión los imagino escupiendo babas.

Beckenbauer, símbolo del fúbol alemán.
Lottar Matthaus, campeón del mundo en 1990.

Eran campeones del Mundo, el galardón más importante que puede lograr un futbolista. Y él era uno más, uno más de los once, o de los veintitrés si se quiere. Le daba igual el trofeo al mejor jugador y también el de máximo goleador. El individuo y sus virtudes puestas al servicio del colectivo. Así ha sido siempre el fútbol alemán, un ejemplo en cualquiera de sus vertientes de trabajo. Su futbolista más grande de todos los tiempos es Beckenbauer, un líbero, un defensa al fín y al cabo, que jugaba en todas las partes del campo. En Holanda siempre brillaron los centrocampistas, en Brasil los delanteros, y más en concreto los “10”. En Alemania no. Nadie ha sido a lo largo de la historia de su fútbol más importante que el conjunto.

 

Netzer, Torpedo Müller, Maier, Rummenigge, Matthaus, Voeller o Klinsmann. Ningún niño del colegio se los pidió nunca cuando íbamos a jugar. Todos jugadores extraordinarios, ninguno definitivo. Ninguno Pelé, ninguno Maradona. Con selecciones manifiestamente mejores Alemania ha sido capaz de llegar a finales, o incluso de ganar Mundiales (como ocurrió con el del 1954, birlándole el trofeo a la mismísima Hungría de Puskas, para muchos el mejor equipo de fútbol total de la historia, incluso por encima de la Holanda del 1974), si la cosa se daba bien y la generación era magnífica, como la del 1974 o la del 1990, eran capaces de ganarle a Cruyff o Maradona.

 

Ver jugar a Alemania nunca ha sido ver jugar a Brasil, era ir a ver como un tanque te aplastaba, como cuando la rubia del vestido rojo pasaba a nuestro lado en la discoteca, porque pasara lo que pasara siempre se llevaban el gato al agua. Lo denunció Lineker, a finales de los 80 y nadie le hizo caso: “el fútbol es un deporte donde juegan dos, y siempre gana Alemania”. El otro día Müller no hizo sino darle una patada al egoísmo, a los Balones de Oro, a las Botas de Oro y al yo, mí, me conmigo que vive dentro de la mayoría de los futbolistas. El nosotros por encima del ego.

 

El fútbol, en una alegoría de la vida nos dice que solos no podemos, que necesitamos del resto, del compañero, del hombro con hombro, del guiño en el partido por muy bueno que nos creamos, que nos digan que somos. El fútbol, y la vida, inmortalizan a los campeones del mundo no a los ídolos, ni al “Superhombre” que proponía Nietszche. Porque nadie en el transcurso de la historia se acuerda de las botas de oro.

En un lugar de La Mancha

Desde pequeño nunca he sabido si me gustan más los jugadores o los equipos. En el colegio, los amigos siempre elegían a su ídolo dependiendo del equipo del que eran, si eras del Madrid a Butragueño o Zamorano, si eras del Barça a Romario o Stoichkov. A mí siempre me gustó Laudrup. Dejó el Barça por su hartazgo con el entrenador, alguien bastante falso y con un carácter insoportable decían, Johan Cruyff, a pesar de ganar todos los títulos imaginables. Lo hizo al R.Madrid  y volvió a dar exhibiciones. 


Muy pocos jugadores han llegado a emocionarme, quizás Zidane y por supuesto Ronaldo. Muchos otros sí han conseguido que me llevara las manos a la cabeza: Ronaldinho, Figo, Pirlo o Messi. Pero nunca jamás he vuelto a tener aquella sensación, quizás porque los recuerdos de la infancia son más recuerdos, porque aun siendo más lejanos, están más frescos, más vírgenes, más inocentes y en consecuencia, más vivos.

Hace unos años llegó al primer equipo del Barça un jugador menudo, flaco y tímido. No tenía nada que destacar a primera vista, hasta que tocaba la pelota, el tiempo se detenía y él parecía ponerse a bailar un vals. Era algo hermosísimo. Le fiché. Como esas chicas que apuntas mentalmente en la juventud, por si algún día ellas tienen en gracia mirarte...

Se llamaba Andrés y llevaba el número 24. Horroroso dorsal. El Barça comenzó a construir un super equipo que ganaría la Champions pero por aquel entonces los focos y los méritos apuntaban al Gaucho, a Deco, Eto'o o Xavi Hernández. Guardiola creyó que era hora de hacerlo titular fijo. Desde entonces, Iniesta ha sido el mejor futbolista del planeta.

Porque nadie juega a fútbol como Andrés Iniesta. Hay un montón de jugadores que regatean mejor, chutan mejor, defienden mejor, corren más y meten más goles que él, pero nadie es más futbolista. Es cierto que Messi ha podido ser el más determinante de todos los tiempos en los últimos 20 metros del campo, o que Cristiano marca año sí, año también, tantos goles que remonta él solo los partidos, pero mientras los demás se dedican a meter goles como si de un reto se tratase, él parece jugar a un deporte distinto. Como un superdotado o un marginado, deambula por el campo disfrutando de otra cosa.

 

Lo colocaron de todas las posiciones posibles: de interior izquierdo y derecho, de mediocentro como aquella vez en San Siro con Rijkaard, de extremo derecho porque Ronaldinho jugaba en la izquierda, y de extremo izquierdo también porque Messi empezaba partiendo desde la derecha. Daba lo mismo porque seguía siendo el mejor de todos. Menotti decía que podía jugar de “lateral derecho", y probablemente tuviera razón.

Iniesta es de lo poco romántico que le surgió al fútbol, no tiene el físico de un alemán, ni el disparo de un inglés, ni la samba de un brasileño aunque tampoco importó mucho. Comenzó siendo un jugador liviano, que pedía la pelota de vez en cuando, doce años más tarde, se la han acabado dando todos a él. No se recuerda una sola vez en la que el manchego haya entregado un balón en peores condiciones que como se lo dieron. Si le lanzaban un ladrillo, entregaba una caricia. Si le tiraban un televisor, lo controlaba y te lo devolvía en forma de caramelo. Su peso en el campo fue creciendo tanto que ha llegado a discutir al del propio Messi. Dicen algunos que él ha sido capaz de ganar un Mundial, y que el astro argentino está por ver. No les falta razón.

 

El mayor de los reproches para ser Balón de Oro fue el gol. Como si todo lo que se hace antes de los últimos 14 metros no sirviera para nada. Luis Aragonés se lo llevó con 22 años al Mundial de Alemania cuando no había debutado casi con la absoluta, "era tan bueno...". El Sabio siempre le dijo que llegaría a ser el mejor si conseguía hacer más goles. Tenía que disparar más. Nada de llegar al área y dársela al compañero. Iniesta le miraba con cara de "ok míster", pero luego llegaba a esa frontera y cuando todos los ojos de la defensa, del estadio y de los espectadores se encontraban en él, se la daba a un compañero. No había manera. Luego el de Fuentealbilla miraba al banquillo mientras Luis Aragonés se ciscaba en todos los antepasados del manchego y también de los suyos. "Fíjate en Gerrard y Lampard", le decía. Eran los centrocampistas de moda, los famosos "box to box". Jugadores que pisan el área propia y la rival. De caja a caja, significa el anglicismo, defienden y atacan, corren, pelean, intervienen en todos los aspectos del equipo y luego llegan y marcan. 

 

Iniesta decía que sí, pero su corazón le negaba a la cabeza. Para más sorna fue capaz de aparecer en Wembley después de aquel Mundial y marcar con Steven y Frank jugando enfrente. Lo hizo con un tiro, además, desde fuera del área. España le pegó un baile a Inglaterra como no se recordaba en las islas. Andrés miró al banco con cara, de "míster, ¿esto era lo que me pedía?". Y tras darle la razón al Sabio, volvió a hacer lo mismo de siempre.

 

No solamente eso. En la modernidad del balompié, en este siglo XXI donde la fría estadística determina muchas elecciones, Andrés fue capaz de negarlas todas. Llegó a ser el jugador con menos goles, asistencias y remates de los equipos importantes. Hasta un punto en el que incluso Kaká, en una de sus interminables resurrecciones, marcó más goles y dio más asistencias por minutos que Iniesta al final de una temporada. Era tan bueno que no necesitaba ni las estadísticas.

 

Nunca le hizo falta tampoco reivindicarse delante de nadie. "Simplemente es el mejor" decía Eto'o o "va a ser el más grande" comentaba Ronaldinho. No le hizo falta porque ya se lo recordaban sus compañeros, día tras día. Y él como el que no quiere la cosa, se dedicaba a hacerlos mejores, día tras día.

 

En un guiño para la historia, fue capaz de marcar dos de los goles más importantes, el de Stamfrod Bridge o aquel que nos dio un Mundial, como si le volviera a decir a Luis Aragonés "míster, ¿era esto lo que me pedía?". Antes del encuentro de sus vidas, mientras el resto se preparaba para una final de un campeonato del mundo, a él le quedó tiempo para escribir con un rotulador sobre una camiseta en la esquina del vestuario, el nombre de su amigo del alma que se había ido para siempre.

 

Cuentan que ver a José Tomás es ver el alma del toreo, sin artificios. El toreo en toda su pureza. Con Iniesta no queda lugar a dudas. Hablo en pasado como si se hubiera retirado, pero lo hago porque ya es leyenda, y como ocurre con los más grandes, siempre se habla de ellos en pretérito. Pasará a la historia junto con dos o tres futbolistas más sin marketing pero con tanto misticismo que parece tener el deporte del balompié entero. Iniesta juega a fútbol como lo siente, como lo lleva dentro y por eso acaba trascendiendo. Él y sólo él, ha conseguido reencontrarme con aquel niño del colegio que elegía a Laudrup.

 

Todos los grandes que jugaron con y contra Andrés eran perfectos, el problema de todos ellos es que no eran Iniesta. Por eso, el gesto de Jarque es el que mejor define a un genio, alguien capaz de meter el gol más importante de la historia de un país entero y no tener tiempo, siquiera, ni para acordarse de sí mismo.

 

"Pocas personas, demasiada gente"

 

No me queda ninguna duda. Y las pocas que me quedaban las acabé despejando hace poco. Tuve que ir en peregrinación, como suelen hacer los fieles, pero lo hice gustoso. Entraba en Logroño dispuesto a pasar un gran fin de semana en compañía de mis amigos, de la Laurel, de unos cuantos gintonics y por supuesto de la Copa de España.
 

Fue una maravilla todo, pero el colofón llegó en la final. El Pozo e Intermovistar volvían a enfrentarse. Se mascaba la tensión como la primera vez que entré en Green. Una discoteca light de Zaragoza, con 13 años, poniendo cara de mayor e intentando que no me pidieran el DNI. En la entrada del pabellón en vez de folletos te repartían tranquimazines. Cuando quedaban décimas para el final, Bateria logró el gol de la victoria para los madrileños. Rafael, jugador verde, se acerca al banquillo de El Pozo y comienza a agarrarse las partes. Se acaba el partido, y también la paciencia de los jugadores murcianos y de Duda. El míster brasileño-aragonés, que nadie ose decir lo contrario, salta y nadie es capaz de pararlo. Ni entre todos los banquillos del Señor lo echaban para atrás.  Con la cara desencajada y los ojos saltándole por la cara, Duda va a agarrarle por el cuello a Rafael.

Llegó García y le llamó "gilipollas". Llegaron los medios y lo mataron. Llegó el fariseísmo habitual que rodea el deporte y Duda pasó a ser un proscrito. "Vaya imagen para el fútbol sala" decían todos. En una rueda de prensa para la historia, el míster de El Pozo, felicitó a sus jugadores, a Inter, y le dedicó la medalla de plata a Pedro Galán y los arbitrajes.

En aquel momento Duda me recordó al capitán Jhon Miller en "Salvar Al Soldado Ryan", sólo con la tropa y en el horizonte el enemigo dispuesto a despellejarle o el rey Leónidas en "300", gritándole a los emisarios persas, que eso era Esparta, o Murcia, o "la dignidad de mis jugadores". No se vio, ni oído algo tan heroico para un deporte que se está convirtiendo en un status quo fariseísta, de sepulcros blanqueados, con las tumbas echando un olor pestilente y sin embargo, la cobertura del cajón de oro, faraónica.

Duda le volvió a meter corazón, sangre, a un muerto que se va al otro barrio y donde los familiares pasan por delante de la cama del hospital a que les firmen el testamento en vez de a despedirse del que se va. Simbolizó lo que cualquier jugador quisiera de su entrenador, que lo respaldara, protegiera y diera la cara siempre por él. Llevó a cabo la encarnación de lo que espera un aficionado de su entrenador, defender los colores, un escudo, una manera de hacer las cosas, muchos años de trabajo y una camiseta con miles de personas detrás. Y por último, hizo lo que cualquiera que ama este deporte desearía, amedrentar a Rafael.

Incitación a la violencia. Esa ha sido la principal arma arrojadiza contra el míster del Pozo. Como si los telediarios, los programas y la vida en general no estuvieran cargados de ella. En este país se suele confundir el ejemplo moralizante que ejerce el deporte con la moralina que quieren utilizar algunos.  Es como ponerte a Sinatra o a Michael Bublé. Si los oyes de lejos, sin percatarte, suenan igual. Si te acercas, te vas dando cuenta de que uno es auténtico y el otro es una mezcla de marketing entre Emidio Tucci y Operacion Triunfo. Falso, falsísimo.

Aquel día Duda acabó ganando a un montón de gente. Para saber qué tipo de entrenador es, tan sólo hace falta seguir su trayectoria y lo que hace año tras año con Su Pozo de Murcia, pero para conocerlo como persona, lo de aquella vez sirve como ejemplo. Porque si separas la paja de la primera impresión de las imágenes en televisión, te quedarás con el grano. Separemos el cabreo y la imagen de alguien al que están separando y quedémonos con una persona al que no le importa perder su prestigio con tal de defender lo que cree que es justo, con una persona que va de cara, que dice las cosas tal y como son, que no suena a falso, que no es de mentira, que te mira a los ojos cuando te habla. Con alguien capaz de siendo el mejor, pasarse las loas y alabanzas donde la espalda pierde su nombre y no pararse a pensar en el qué dirán. Y es que así ocurre en la vida, los que antes le doraban la píldora, y le pasaban la mano por el lomo, ahora le clavan todos los puñales por la espalda. Así son los fariseos, o Anás y Caifás.

Pero eso lo contó Shakespeare magistralmente en Julio Cesar. Y el emperador justo antes de morir sentenciaba un "¿tú también Bruto?". Bruto era su hijo, que se había sumado a la traición apuñalándolo de muerte por detrás. Casi dos mil años más tarde, el clásico sigue más vigente que nunca, sólo que en esta ocasión, a Duda le importa bien poco.
 

Qué manera de vivir

 

La pregunta es “Papá, ¿por qué no son del Atleti?”. Parafraseo a Rubén Amón porque quizás, viendo los últimos acontecimientos, no hay mejor manera de explicar el rumbo de un club que ha vuelto a mirarse en el espejo para saber quién es. Con más arrugas y habiendo perdido a familiares queridos, como Luis Aragonés, es verdad, pero en la casa colchonera ya no se abre la ventana para mirar lo que hay fuera.

 

Ha sido Diego Pablo Simeone (hasta el nombre es vulgar) un exjugador de andar por casa, del montón técnicamente, pero una superestrella vistiendo, sintiendo y sufriendo esa camiseta, el encargado de recordarle al Atlético de Madrid quién es. Ha fundado una religión por el camino: el Cholismo, que como todas, tiene dogmas innegociables. Mientras en el continente europeo levantaban, desde hacía tiempo, monumentos al fútbol de toque, un entrenador que entiende este deporte como una batalla ha sido capaz de hacerle creer primero a sus jugadores, luego al Calderón y por último a todo el Tendido 7 que donde otros equipos dibujan una danza coral a ritmo de vals (los chicos de Guardiola, o la España de Del Bosque), o una gambeta imposible y ese chut soñado desde el colegio (el R.Madrid de Cristiano y Bale), él ve un puñado de espartanos aniquilando persas. Que donde otros son capaces de meter un gol en un ataque perfecto o en una contra de pizarra, su equipo lo hace después de ganar un balón dividido y que su delantero se rompa la rodilla contra el poste; que donde otros meten el pie, los suyos meten el alma; que donde otros ven el sufrimiento como algo a evitar, los suyos lo eligen como camino habitual. Y que encima todo eso, es tan hermoso o más.

 

Y seguramente no le falte razón. Al fútbol se juega como se vive. Hay gente que prefiere ejecutar todo de una manera absolutamente racional, otros eligen el camino del corazón. A veces más angosto y con más espinas, pero también más épico y embaucador.

 

Contaba Mourinho que en el R.Madrid los jugadores hacían cola delante del espejo antes de salir al campo. Nadie se imagina a Diego Costa, a Arda o a Gabi delante del espejo para algo que no sea limpiar la sangre que les va salpicando de la ceja. Si el Madrid va en Business, no sería raro ver a Koke conduciendo el autobús si le pasase algo al chófer. Si el Barça sólo corre para adelante, el Atleti va a paso ligero desde el hotel de concentración al estadio antes del partido. Se han cargado a los mejores equipos del mundo con menos presupuesto, menos prensa y menos calidad. Pero con más esfuerzo, trabajo, dignidad, sudor, lágrimas, coraje, perseverancia y compañerismo que el resto. Y no hay nada más romántico.

 

En 1950, el Atleti de turno, salió a jugarse una final a un campo abarrotado de personas. Todo el mundo daba por ganador al equipo rival, que vestía de un absoluto e inmaculado color blanco. Los días previos, los jugadores del otro equipo habían recibido hasta Rolex con la serigrafía de “Enhorabuena Campeones”. Antes de salir al campo su Presidente bajó al vestuario y les pidió que lo hicieran lo mejor que pudieran y que no recibieran una goleada. 90 minutos y una charla más tarde, Uruguay era Campeón del Mundo. Brasil, tras el shock, le cambió el color a su equipaje. Desde entonces pasó a ser “la canarinha”. El próximo día 24, tras una charla de Simeone, en aquella ocasión fue de Obdulio Varela (jugador comparable casi al escudo de Uruguay), el Atleti puede repetir otro Maracanazo y ganarle al Real Madrid la final de “su” competición.

 

Viendo al Atlético de Madrid, un aficionado sólo puede conmoverse. Cada partido, es una oportunidad de ver a once soldados peleando cada centímetro de terreno como si de una trinchera se tratase. Una oportunidad de saber que tu camiseta, con ellos, está a salvo. Y en el fútbol sólamente hay una cosa innegociable, el compromiso. El resto, como diría Hamlet, es silencio.

 

¿Qué sería de ti sin mí?


Siempre vi a los jugadores profesionales y soñaba con estar ahí. Uno pertenece a una generación puente, a esa que acerca el aroma del balompié clásico de la vieja guardia de los 90, con los modernos y modernidades de lo que se ve en un campo desde hace una década. Pocos tenían más ilusión y más interés por aprender el juego, que uno. Me gustó mucho desde muy joven, demasiado. Podía pasar horas y horas viendo o jugando. Daba lo mismo un campo de fútbol sala, que uno de césped, que las porterías con jerseys que hacíamos en cualquier parque. El caso era jugar. Y el final del partido siempre terminaba igual, lo marcaba el momento en que se iba la luz del día. No importaba si llovía, hacía 40 grados o nevaba. Jamás hubo tregua para uno de los balones que tuvimos. Siempre estaba por el suelo, siempre pelado, siempre que te daba, te llevaba la mitad de la cara del rasponazo. Y vuelta a jugar.

 

Pronto entendí que entender el fútbol no es responder al cómo sino al porqué. Que además de jugar, la clave de todo era interiorizarlo. Y al final, después de mucho camino recorrido por el sendero del aprendizaje, llegar a paladearlo. Saber sobre arte, no hablamos ya de ser artista, no significa recitar las características del impresionismo. Significa llegar a entender porqué Monet, Van Ghog, o Cezanne pintaron 'así'. No cómo pintaron, sino porqué lo hicieron de aquel modo. ¿Qué le hace al artista llegar a ver la realidad de ese modo?, ¿qué le hacía a Paulo Roberto dibujar aquellas obras de arte?

 

Jamás pude compartir cancha con Chicolins, Carosini, Vicentín, Cupim o Joan. Hay muchos factores, me dirán, el fundamental, la calidad. No era lo mismo ponerme una pelota a mí entre los pies que a Daniel, Marquinho o Schumacher. Así que visto que la cosa estaba complicada y que el acceso a las altas esferas era complicado, uno decidió intentar dar brochazos con la pelota un peldaño por debajo, donde incluso si se estaba espabilado, se podía llevar uno algo de dinero. Será por testarudez.

Tampoco hubo suerte. Se jugó pero nadie pagó cuatro duros y el resto del tiempo siempre tocó poner dinero. Incluso, para confirmar que el que es tonto no es para un rato, recuerdo dos momentos que ejemplifican todo esto: uno, cuando jugando en el filial del extinto DKV, mi entrenador y 'padrino' en aquel momento, Chus San Miguel, me llamó, recuerdo, hasta 3 veces, para subir a una convocatoria del primer equipo. Le dije que no todas esas veces porque un servidor solo quería jugar y allí era complicado. La segunda, fue años más tarde, tras una buena oferta económica (suena como si fuera a ser profesional y nada más lejos de la realidad, pero superando por poco la veintena, era dinero) y deportiva (dos categorías por encima, pudiendo ser tres). Decidí declinarla una vez más con mi enormérrima sabiduría. El pretexto, más que absurdo, fue el de "jugar con mi gente y en un proyecto que nacía".

Hace unos días me quitaron una escayola. Me rompí el astrágalo. Sólo me quedaba esto en el mundo del deporte, otro título. Lesionarme. Cuando llegué a casa tuve la sensación de haber acabado mi exitosísima carrera deportiva. Tras diez años dando tumbos por aquellos campos de Dios (Galicia, País Vasco, Navarra, Cataluña, Valencia, Madrid, Castilla La Mancha, Andalucía…y por supuesto todos los rincones de Aragón), llegaba esto . Tanto esfuerzo, tantos kilómetros, tanto sudor, tantos viajes, tantos dolores, tantas horas, tanto dinero, tiempo y salud invertidos. Y ahí estaba, dos días antes de Nochebuena, sólo, en casa, moribundo y con la pierna escayolada. La pregunta me sobrevino sola: ¿habían merecido la pena todos estos años?

 

Dudé, tragué saliva y me recosté hacia atrás dando un bufido. No es que hubieran merecido la pena, es que era una de las mejores cosas que había hecho en mi vida. Quizás porque no haya nada más hermoso que vestirse de corto, que competir, que superar dificultades en el mejor deporte que haya existido.

 

Puedo decirlo bien alto, no me arrepiento de nada. De ninguna de las decisiones que tomé. Dio igual el cómo, al final teníamos un porqué y con eso fuimos felices. Porque el verdadero valor de ganar no está en la victoria, está en el camino que recorres hasta ella. Está en todas y cada una de las gotas de sudor que derramas cada vez que compartes un cuarenta por veinte con alguien, en cada vez que cuentas la misma anécdota con un amigo porque la habéis vivido juntos, en cada vez que paladeas que esto te ha formado como persona y que sin haber entrado antes a un vestuario no serías como eres. Pero sobre todo, el verdadero valor está cuando sobreviene esa maldita pregunta y sabes perfectamente lo que responder:

 

¿Soy capaz de imaginarme un sábado por la tarde de mi vida sin hacer esto?

El otro día recordaba los días en los que escribía, por profesión o devoción, y me sobrevino un recuerdo parecido al escalofrío que te entra siempre que acude a la mente algo emocionante: un paisaje, un recuerdo, una fiesta con los amigos, una chica… Cuando arrancamos el club, el día de verdad, no el que aparece en la fecha, ese que te juntas y os sorprendéis soñándolo, todo fueron buenas intenciones. Queríamos recuperar el concepto de familia que siempre habíamos mamado e inculcado después de 20 años jugando y que por unas cosas u otras ya no teníamos tan presente, y a cada cerveza que se brindaba, añadíamos un “y también…”.

Iban repletos de buenas intenciones, que para ser sinceros, se han cumplido casi todos, pero por supuesto de responsabilidades. Uno de aquellos “y también…”, le fue dirigido a un servidor: “y también Francisco escribirá en la página…”. Yo brindé, claro. En aquel momento no creí que el recuerdo de volcar algo en una página en blanco me fuera a recorrer el cuerpo cuando, años más tarde, me he vuelto a poner delante de ella.

No sabía muy bien que escribir, siempre compleja la primera vez, así que hemos acudido a lo más incorruptible que queda una vez que alguien se quita las zapatillas y se pega la ducha de rigor: uno mismo. Desnudo. Después de abundantes horas, muchos partidos, y algún que otro título, un día, mientras te duchas llegas a la conclusión de que todos los elogios y focos que puedes pensar que te apuntan, son sobre todo mentiras. En mi caso ese descubrimiento llegó en una ducha peleando un ascenso a 2ª División. Cuando estás arriba tienes la opción de construir un castillo de naipes que se derrumbe con la misma facilidad que se esfumaban las chicas guapas de tu clase con los chicos malos, o por el contrario puedes apoyarte en algo sólido. Aunque eso signifique bajar algún peldaño en el salón de la fama. Servidor decidió seguir donde siempre, al lado de los míos. Esa decisión, siempre me pareció sencilla, pero por que quizás servidor es de los que piensan que, en la vida no se puede aspirar a mucho más que a ser feliz.

Nunca me importó el qué dirán, ni cuando tuve que decir que no me gustaba Operación Triunfo, ni por supuesto cuando decidí volver a colgarme una camiseta con menos boato pero que nunca perdería la esencia, la del Sala 2012.

Si te sirve de algo, nunca es demasiado tarde o demasiado pronto para ser quien quieras ser. No hay límite en el tiempo, empieza cuando quieras. Puedes cambiar o no hacerlo, no hay normas al respecto. De todo podemos sacar una lectura positiva o negativa, espero que tú saques la positiva. Espero que veas cosas que te sorprendan. Espero que sientas cosas que nunca hayas sentido. Espero que conozcas a personas con otro punto de vista. Espero que vivas una vida de la que te sientas orgulloso. Y si ves que no es así, espero que tengas la fortaleza para empezar de nuevo.

Se lo escuché a Benjamin Button una vez y en ello nos pinta el pelo. Con esa fortaleza que da, saber que empezamos de nuevo, en una aventura que ha traído gente que merece la pena y que tan solo, han pasado los años. Las ganas por salir, ganar y competir siguen siendo las mismas. Las ganas por estar al lado del compañero. Del amigo. Las ganas de darte cuenta de lo que realmente importa.